Ir al contenido principal

Francisco Bernabé Madero

El viejo Madero apoyó la cabeza en sus rugosas manos fuertes, sobre el escritorio del general Roca. Aquel 21 de diciembre de 1885 se acababa de retirar del despacho presidencial ese personaje que era Estanislao Zeballos, que había acudido a recabar del vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo algunos datos para escribir un trabajo sobre la revolución de los Libres del Sur en el diario La Prensa. Su memoria le hizo dar un largo recorrido. La revolución del Sur ¡Aquellas galopeadas, aquellos fríos, pajonal y pajonal, cañadón, escarcha y horizonte! Desde julio del 39 anduve recorriendo Monsalvo y los Montes Grandes para arreglar que la gente estuviera lista el día de la rebelión. Leguas y leguas a uña de caballo, con esos vientos que cortan la cara y vigorizan el espíritu, entre los espartillares y juncales del Tuyú, con el agua dando en las caronas, las patas encogidas para no mojarse. Lavalle le había escrito a Pedro Castelli, su antiguo compañero de armas, para que encabezara el alza

El Capitán



Las olas hacen crujir las maderas del barco.

En la bodega se siente un olor ácido que indica que hay alimentos en mal estado. Pero igual se comerán. No son lo único que está mal a bordo.

El capitán ha envejecido y pareciera que los años corrompieron su espíritu.

Se dio en nuestro jefe la situación inversa a lo que suele ocurrir en las personas con responsabilidad de mando, a quienes, cuando les abandona lentamente el cuerpo, les llega la gracia y el poder de la sabiduría.

Él, en cambio, sustenta su poder con su mal humor y el respeto que se supo ganar cuando fue el mejor guerrero de la "Armada Invencible".

Pero la armada fue vencida mientras él se reponía en Cádiz de una herida mutilante. Al recibir la noticia se levantó violentamente sin atender a su lesión, deseaba que ésta le proporcione un dolor más fuerte que el dolor de la culpa.

Y cambió para siempre.

De soldado del Rey, devino en capitán de un barco mercante. De ofrendar su vida a la Patria, pasó a sobrevivir. De inspirar su vida en Dios, llegó a pactar con el Demonio.

Y yo que nuevamente estoy encerrado en la bodega por una idiotez.

Se levantó tarde, como siempre, insultó a toda la tripulación y se emborrachó. Volvió a salir del camarote al atardecer, y cuando me vio me amenazó gritando con echarme del barco. Al ver mi indiferencia me golpeó en un hombro con su único brazo, y como una reacción atávica mi respuesta llegó a su estómago.

Ya conté veinte días.

Y fueron ocho cuando el capitán no apareció en todo el día. Y diez cuando abrieron su puerta y lo encontraron enfermo.

El resto fueron días de pesadumbre y tensa calma, ya que, al continuar su enfermedad, bastaría prever un vendaval o sospechar que se acera un barco de saqueadores para que haya que reemplazarlo.

Varios quieren ocupar su puesto, tanto Zabala como Guzmán y Tejada. Y todos saben que el que lo haga, lo hará para siempre.

Como están las cosas, parece que la sangre sólo se evitaría si, como es costumbre, el capitán designara a su sucesor. Pero él ya no habla, sólo gruñe entre los tragos de aguardiente.

Y una vez lo vi destrozar con su sable a cien piratas mientras yo cubría con eficacia sus espaldas. Y en el banquete después de la victoria cuando recordaba sus hazañas en la armada y luego, indefectiblemente lo invadía el pesar por su ausencia en la derrota.

Y yo le decía que es común al mundo entero la nostalgia por las glorias del Imperio Español. Que sólo Dios decide sobre el destino. Que el honor lo sigue defendiendo hoy contra los ladrones ingleses instituidos en corsarios de la corona. Y que no tome más... que un capitán no debe dormir. Que un capitán no debe perder el conocimiento.

Pero los barriles se escurrían, él golpeaba fuertemente la mesa al desmayarse, y en lo que era para mí una humillación, debía llevarlo arrastrando a su camarote.

Un año, mientras se acercaba a estribor una goleta ligera, fui a buscarlo y lo encontré tirado, totalmente borracho. Le di un golpe en la cara y él sólo abrió y cerró sus ojos. Logramos rechazar a los filibusteros luego de sufrir seis bajas causadas por el desconcierto. Al día siguiente, después de una discusión, empecé a golpearlo violentamente y lo dejé cuando vi que no se defendía.

Sólo volvió a dirigirse a mí con insultos y penalidades. No me echaba del barco porque le era útil en las batallas y tormentas.

El resto del tiempo lo paso en la jaula, comiendo restos y pidiendo a Dios que volvamos a tener el capitán que tuvimos. Que la tripulación del "Santísima Trinidad" vuelva a sentir orgullo de su jefe.

Pero hoy el barco se mueve más de lo común. La mercadería se desacomoda con fuertes golpes. La tormenta también se huele en la oscura bodega.

Esto significa algo más que un riesgo físico para la nave. Significa anarquía y sangre.

La escotilla se abre en forma lenta y ruidosa. Yo me incorporo queriendo ver qué nuevo capitán pedirá mi ayuda.

Un haz de luz me permite ver a Guzmán... pero con él baja Zabala... y Tejada...

Pero detrás llegaba el viejo soldado del Rey, que con paso cansado y una fiebre que lo hacía sudar, le dio al reo un anillo con un sello que distingue al capitán.


FIN


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Pedro Salvadores - Cuento Completo

Quiero dejar escrito, acaso por primera vez, uno de los hechos más raros y más tristes de nuestra historia. Intervenir lo menos posible en su narración, prescindir de adiciones pintorescas y de conjeturas aventuradas es, me parece, la mejor manera de hacerlo. Un hombre, una mujer y la vasta sombra de un dictador son los tres personajes. El hombre se llamó Pedro Salvadores; mi abuelo Acevedo lo vio, días o semanas después de la batalla de Caseros. Pedro Salvadores, tal vez, no difería del común de la gente, pero su destino y los años lo hicieron único. Sería un señor como tantos otros de su época. Poseería (nos cabe suponer) un establecimiento de campo y era unitario. El apellido de su mujer era Planes; los dos vivían en la calle Suipacha, no lejos de la esquina del Temple. La casa en que los hechos ocurrieron sería igual a las otras: la puerta de calle, el zaguán, la puerta cancel, las habitaciones, la hondura de los patios. Una noche, hacia 1842, oyeron el creciente y sordo rumor d

La Intrusa

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor. En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas

Francisco Bernabé Madero

El viejo Madero apoyó la cabeza en sus rugosas manos fuertes, sobre el escritorio del general Roca. Aquel 21 de diciembre de 1885 se acababa de retirar del despacho presidencial ese personaje que era Estanislao Zeballos, que había acudido a recabar del vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo algunos datos para escribir un trabajo sobre la revolución de los Libres del Sur en el diario La Prensa. Su memoria le hizo dar un largo recorrido. La revolución del Sur ¡Aquellas galopeadas, aquellos fríos, pajonal y pajonal, cañadón, escarcha y horizonte! Desde julio del 39 anduve recorriendo Monsalvo y los Montes Grandes para arreglar que la gente estuviera lista el día de la rebelión. Leguas y leguas a uña de caballo, con esos vientos que cortan la cara y vigorizan el espíritu, entre los espartillares y juncales del Tuyú, con el agua dando en las caronas, las patas encogidas para no mojarse. Lavalle le había escrito a Pedro Castelli, su antiguo compañero de armas, para que encabezara el alza